Deseos.

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– Pide un deseo.
– ¿Solo uno? ¡Que complicado!… Ah, ya sé. Deseo, deseo, deseo. Deseo poder pedir todos los deseos del mundo.
– ¿Vas a infravalorar así el poder de un deseo?
– ¿A qué te refieres?
– A que si pudieras tenerlo todo, dejaría de ser mágico. ¿Por qué existe la felicidad?
– No lo sé.
– Porque existe la tristeza, así de simple.
– Pues yo creo que la felicidad existe, entre otras cosas, porque existes tú.
– Oh. Bueno, esto… ¿Cuál es entonces tu deseo?
– Que no te vayas nunca.

Just a kiss.

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Bésame mientras te hago caricias en la espalda. Recorre cada centímetro de mi piel. Entra en mi cuerpo y haz que yo salga de él. Llevame a lugares a los que no sabría llegar por mí misma. Haz que no sea necesario nada más. Cierra los ojos y susurra en mi oído las palabras más bonitas jamás inventadas, inventa palabras para mi. Haz que no exista la palabra tristeza, mata monstruos por mí. Consigue que la ficción no exista porque la realidad supere todos los mundos inventados. Quiéreme, quiéreme mucho. Regálame confianza. Haz que no tenga miedo a ser un punto y a parte. ¿Pido demasiado? Quizás. Pero si pidiese menos sería solo por miedo a reconocer que lo que quiero es algo que a lo mejor no puedo alcanzar. Y prefiero ser incapaz que cobarde.

Vacío, soledad y unas gotitas de amargura.

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Ante sus ojos una página en blanco y su mano apretando con fuerza un bolígrafo que no conseguía escribir ninguna palabra coherente. Siempre le había gustado escribir historias con finales felices y cuando ponía punto y final se imaginaba todo lo que venía después. Sin embargo ahora ya no estaba él. Ya nadie hacía que sus dedos temblasen, nadie era capaz de elevarla al cielo con solo respirar. Nadie era capaz de hacerla sentir y eso era lo que más miedo le daba: su indiferencia. No esperar nada, no soñar nada, no desear nada. Simplemente pasar las páginas del calendario, mojarse bajo la lluvia pero no abrir el paraguas, intentar resolver puzzles sabiendo que faltaban piezas, que algunas no encajaban . Muchas veces había odiado los sentimientos. El echar de menos o la rabia que provocaba en su cuerpo cada vez que se alejaban. Cuando sus labios eran incapaces de articular los “te quiero” de su corazón o cuando no podía hacer que él supiese lo importante que era. Odiaba a sus miedos cuando quería comerle los labios y terminaba dándole una bofetada. Odiaba la contradicción que le producía tumbarse en la cama a su lado, sabiendo que acabaría cediendo a los deseos de él cuando para ella no consistía tanto en disfrutar, sino en cumplir. Odiaba despertarse por la mañana y contemplarle intentando clasificar emociones difusas. Pero todo eso había quedado atrás. Ahora buscaba respuestas pero no conocía las preguntas. Indiferencia. Había traspasado la línea y estaba en ese lugar en el que nada importa. Ese lugar en el que podía cortarse la piel y morir desangrada sin enterarse. El paraíso de las sonrisas fingidas, de los abrazos fríos… su paraíso. Siempre había permanecido ahí. Hasta que había aparecido él, y había desatado huracanes, convirtiendo su tranquilidad en un caos absoluto, destruyendo su fortaleza y construyendo su debilidad, convirtiendo su independencia en la incapacidad de ser feliz sin su droga particular, sin sus besos, sin sus caricias, sin su compañía. Calentándola dentro de su frialdad. Y, ¿qué quedaba de todo eso? Nada. Recuerdos. Recuerdos que llegaban con el sonido de aquellas canciones que le hubiese gustado cantarle, de esas otras que habría deseado que le cantase o de las que hablaban de su historia. Recuerdos que se respiraban con el aire de olor a coco y vainilla. Recuerdos de fotografías oscuras perdidas en el disco duro de algún pc antiguo. Recuerdos de momentos perdidos, de instantes que no volverían a recuperarse. Recuerdos tan lejanos que ya costaba recordar. Recuerdos de momentos en los que había esperanza. Y la había perdido. Y, ¿qué queda cuándo se pierde la esperanza? Absolutamente nada. Vacío, soledad y unas gotitas de amargura.

Adicción

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6 de la madrugada. Entra en casa tras una noche de alcohol. La puerta del cuarto está entreabierta. La ve ahí, durmiendo. Pequeña, inocente, frágil. Una fuerza magnética se ejerce sobre él. No puede evitar acercarse. Camina como una marioneta que es controlada por un ser superior. Él es un vampiro sediento de sangre, ella una presa fácil con un olor sumamente… adictivo. Una parte de sí mismo sabe que está haciendo algo malo. No quiere tocarla, pero no lo puede evitar. Su rostro es angelical cuando duerme pero en el fondo… en el fondo no es más que una puta, dice su otra mitad. Tiene las piernas dobladas de manera que puede verle el culo. Desea tocarlo, sí. Lo hace. Primero, lo roza levemente. Después su mano parece no querer despegarse, el tacto se agudiza, tiene que ir más allá. Ella se mueve. ¿Se habrá despertado? No importa. Ahora ya no hay vuelta atrás. Ha dado el primer paso y tiene que seguir avanzando. Lo siguiente son sus pechos. Pequeños, infantiles. Quizás nadie los haya tocado antes. Redondos. Suaves. ¿Cómo no va a pecar? Ella se lo está pidiendo. Se lo está pidiendo simplemente estando quieta. Como la manzana de Eva. Cuando uno tiene hambre y le ponen delante comida, ¿cómo va a contenerse? Ella es eso, su comida, su manzana, su pecado. Se da la vuelta. ¿Se cree que puede dejarle así, con tantas ganas de más? No sabe lo que ha hecho. Ahora sí, su respiración se acelera. Ha salido de su cuerpo. Esquiva la ropa interior de ella y la toca. Va a darle placer, quiere convertirse en alguien tan adictivo para ella como lo es ella para él. Es una bestia fuera de control. Pero no es su culpa, es culpa de ella, está claro. Nadie le dijo que se pusiese a dormir así, con la puerta abierta. Nadie le dijo que tuviese que usar un camisón corto y ajustado, ni que abrir las piernas. En el fondo ella también le desea. O quizás no, quién sabe. Sea como sea, aún siendo un poco culpable, es uno de esos vicios que uno no puede dejar de lado. Mucho más adictivo que el alcohol, que el tabaco, que los porros, que el lsd. Más adictivo que todo. Nada le produjo tal placer nunca… y no sabe por qué.

Senti… ¿qué?

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“¿Por qué se representa el amor con un corazón? Ya bastante tiene el órgano en cuestión con permitirnos respirar, como para otorgarle también la difícil tarea de controlar nuestras emociones. ¿Y por qué nos empeñamos en que además, sea bonito, si en realidad no es más que un órgano cualquiera?” Eran los pensamientos de Elisa. En realidad, no creía en los sentimientos. Le gustaba pensar que podía valerse por sí misma y que no necesitaba a nadie más, porque así se sentía fuerte, indestructible. No quería golpes, no quería que le hiciesen daño. Por eso se dedicaba a descartar a cualquier persona que se le acercase. Todos eran demasiado guapos, o demasiado feos, o demasiado cariñosos, o demasiado independientes. Decía que su corazón era de piedra, ni siquiera hielo. El hielo podía derretirse con calor en cambio la piedra era inalterable, siempre era piedra. Hasta que un día conoció a Juan. Juan era un chico que, aparentemente, no tenía nada que ver con ella. Escuchaba otro tipo de música y vestía como la gente de su instituto con la que a penas cruzaba palabra. Además, tampoco parecía tener nada que llamase la atención. Por eso no tuvo la necesidad de alejarse. Siempre habría miles de kilómetros entre ambos aún cuando sus pieles se estuviesen rozando. El primer día que se miraron a los ojos no sabía todo lo que iba a venir después…